La contestación ciudadana a la militarización de la inteligencia artificial se traduce en repuntes de desinstalaciones y campañas de boicot, mientras el control corporativo del discurso alimenta el efecto boomerang. Al mismo tiempo, el encarecimiento del hardware y las externalidades hídricas de los centros de datos chocan con una vigilancia cotidiana que se normaliza, empujando a legisladores a delimitar la biometría en el comercio.
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